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June Marie Mow
Directora Ejecutiva Fundación Providence
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La fragilidad ecológica y cultural del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina,  las hacen no aptas para la explotación de combustibles fósiles, porque la vida de los habitantes del Archipiélago depende del capital natural.

Los ecosistemas marinos del archipiélago son comparables al bosque húmedo tropical en cuanto a biodiversidad y servicios que prestan a los isleños, al país y a la región. La barrera arrecifal de Providencia y Santa Catalina que rodea la única isla volcánica alta en la terraza Mesoamericana, se constituye en la protagonista por ser una verdadera barrera y por su buen estado de conservación. La espectacular estructura arrecifal tiene una longitud aproximada de 32 km, hecho que la convierte en el tercer arrecife verdadero más grande del mundo.

Los corales del Archipiélago estarían condenados a morir como consecuencia de la producción de combustibles fósiles. Son actividades que contribuyen a acelerar y quizás potenciar los impactos del cambio ambiental y climático, según la Segunda Comunicación Ambiental de Colombia; entre otros, la inundación del 10% de la isla de San Andrés y del 3,8% de las islas de Providencia y Santa Catalina.

La exploración y explotación de combustibles fósiles en el patio trasero de los isleños, sería condenar a esta población, de hecho altamente vulnerable por su condición de insularidad, al confinamiento, al encierro definitivo.

En nombre del desarrollo de arriba hacia abajo, el Archipiélago en tan sólo 40 años, ha conocido cambios, fisonómicos, culturales y ecológicos así como conflictos hacia dentro de la sociedad insular. Las islas han estado expuestas a una inmigración masiva de personas, atraídas por la idea de hacer fortuna, influenciadas por el espejismo de las ventajas económicas del Puerto Libre.

Los modelos de desarrollo impuestos han desencadenado una crisis política que genera falta de credibilidad y de liderazgo con propuestas que movilicen a los ciudadanos y han profundizado la desvertebración social con los efectos del narcotráfico y las economías ilegales.

Los "isleños" consideran que las actuales condiciones caóticas en las Islas son consecuencias secundarias indeseables de los modelos de desarrollo. Se preguntan: para quién?, a beneficio de quién? y a costa de qué y de quién? se han implantado estos modelos de desarrollo.

En las islas ya no hay espacio para más errores. Con el proyecto de producción de combustibles fósiles se impone una economía rentista y cortoplacista que no toma en consideración la verdadera riqueza de una de las Reservas de Biosfera marinas más extensas del mundo.

En nombre del desarrollo,  el Archipiélago no puede ser transformado en plataforma y base para la  explotación de petróleo. El modelo de economía extractivista que ofrece la exploración y producción de combustibles fósiles contribuiría a debilitar aún más el tejido social hasta convertir a las comunidades en parásitos de la sociedad.  Los habitantes insulares no pueden convertirse en prisioneros del oro negro y limosneros de las regalías.

En nombre del desarrollo, necesitamos espacio para construir un modelo que se caracteriza por el uso de los recursos en tal forma que las necesidades económicas, sociales, estéticas y espirituales puedan ser satisfechas a la vez que se mantiene la integridad cultural, los procesos ecológicos esenciales, la diversidad biológica y los sistemas de soporte de vida insular. A esto nos comprometimos cuando el 18 de enero de 2001 reconocimos que somos Reserva de Biosfera Seaflower.